pan y rosas

reflexiones personales, sociales, políticas, estéticas y voladas varias

23 agosto 2006

andando en bici sin ruedas chicas


hace algunos meses en un bar de viejos de santiago, con un amigo llegábamos a la conclusión de que a nuestros 29 años estábamos en una edad precisa, pues sentíamos que habíamos arribado a una madurez especial, una suerte de percepción holística de la vida. una cierta sabiduría con la cual ponderar y juzgar los acontecimientos, las situaciones... la vida.

ayer, tras salir de una sesión con mi sicóloga después de más de un mes sin verla, volví a sentir esa sensación -por un par de meses pérdida. volví a sentir esa plenitud y se me ocurrió que quizás madurar es algo parecido a aprender a andar en bicicleta sin ruedas chicas.

ahora que escribo esto, pienso que quizás los casi dos meses que pasé entre la angustia y el desgano y que comenzaron a irse hace ya unas tres semanas, fueron distintos a mis clásicos bajones invernales, justamente porque los viví ahora, a los 29. precisamente en esta etapa en que me atreví a sacar la segunda rueda chica y pedalear sin más apoyo en los costados que mi propio sentido del equilibrio.

claro, una no aprende altiro. si hasta cuando andabas con una rueda chica te desequilibrabas y terminabas cayéndote hacia el otro lado. ahora, cuesta a ratos mantener el equilibrio, se te mueve el manubrio, zigzagueas, te caes, te raspas las rodillas y te sacas la chucha. y algunas veces duele, aunque casi siempre, el susto es mayor.

pero poco a poco comienzas a aprender a balancear el peso, a mantenerte firme sobre la bici mientras avanzas por la calle o la vereda, hasta que el miedo a verte incrustada entre las ligustrinas -o peor, estampada en el asfalto-, va quedando atrás. incluso a ratos tienes la osadía de cerrrar los ojos y disfrutar del viento rozándote la cara.

creo que eso fue lo que me sucedio durante esos días aciagos. me saqué la cresta tan fuerte en uno de estos intentos por andar sin ruedas chicas, que cuando me volví a subir a la bici, el miedo a caer nuevamente fue tan grande que no me dejaba pedalear.

no sé si como freddy turbina habré alcanzado ya, mi equilibrio espiritual. lo que sí tengo claro es que al igual como sucede con las bicis, es probable que me vuelva a caer, pero la próxima vez seguiré pedaleando sin miedo a irme al suelo nuevamente.